Introducción: la brecha entre cómo te ves y cómo te perciben
Sales de una conversación y, de camino a casa, empiezas a repasar mentalmente lo que dijiste. ¿Habré sonado torpe? ¿Se habrá aburrido? ¿Habré dicho algo inapropiado? Es una sensación enormemente común. Y, según la investigación, suele estar equivocada.
Ese desajuste entre lo que creemos que hemos causado en los demás y lo que realmente han sentido tiene un nombre: el liking gap, traducido a veces como “brecha de simpatía”. Se refiere a la tendencia de las personas a subestimar cuánto les agradan a sus interlocutores después de una conversación. En otras palabras: probablemente caes mejor de lo que crees.
El término fue acuñado por Erica J. Boothby, Gus Cooney, Gillian M. Sandstrom y Margaret S. Clark en un artículo de 2018 publicado en Psychological Science. Desde entonces, el concepto ha circulado en medios divulgativos como Harvard Business Review y BBC Worklife, que lo han presentado como una de esas rarezas psicológicas que explican por qué somos tan malos jueces de nuestra propia impresión social.
¿Qué es exactamente el liking gap?
Hablamos de liking gap conversaciones cuando existe una discrepancia entre dos cosas: lo que una persona cree que le agradó a su interlocutor y lo que ese interlocutor reporta realmente. La primera suele ser más baja que la segunda.
La definición operativa es sencilla: la brecha entre la estimación propia (“creo que le caí regular”) y la calificación real que la otra persona ofrece (“me cayó muy bien”). No se trata de que el otro esté mintiendo ni de que sea falso al mostrarse amable. Es una diferencia de percepción, no una doble cara.
Un detalle importante es que esta brecha no requiere conversaciones largas ni profundas. El estudio encontró que se produce incluso en interacciones breves, como conversaciones de pocos minutos. Es decir, no hace falta pasar horas con alguien para subestimar cuánto le agradamos: basta un intercambio corto.
¿Por qué subestimamos cuánto les agradamos a los demás?
Los autores del estudio proponen una explicación basada en la asimetría de información. Cuando conversamos con alguien, tenemos acceso privilegiado a nuestras propias dudas, inseguridades y pensamientos críticos sobre lo que estamos diciendo. Sabemos si nos hemos quedado en blanco, si hemos sentido que la broma no funcionó o si nos ha invadido la sensación de estar diciendo algo irrelevante.
Lo que no tenemos es acceso a lo que pasa por la cabeza del otro. No vemos los pensamientos positivos que pueda estar teniendo sobre nosotros: que le hemos parecido interesantes, simpáticos o agradables. Solo vemos nuestra parte de la película, y esa parte suele venir cargada de dudas.
Conviene subrayar que se trata de una propuesta explicativa de los autores, no de una causa demostrada de forma definitiva. La investigación apunta hacia ahí, pero el fenómeno no está cerrado. Conceptos relacionados como la meta-percepción (cómo creemos que nos ven los demás) o el sesgo egocéntrico (la dificultad de salir de nuestro propio punto de vista) ayudan a entender el contexto psicológico en el que se mueve esta brecha, aunque el estudio original se centró en la asimetría de información.
La evidencia: qué encontró el estudio original
El trabajo de Boothby, Cooney, Sandstrom y Clark, publicado en 2018 en Psychological Science, se basó en una serie de experimentos con conversaciones entre desconocidos. El procedimiento era relativamente directo: dos personas que no se conocían mantenían una conversación breve. Después, cada una estimaba cuánto creía que le había agradado a su compañero. A su vez, el compañero reportaba cuánto le había agradado realmente la otra persona.
El resultado central fue consistente: en promedio, las estimaciones sobre el agrado que uno despertaba eran menores que las calificaciones reales que sus compañeros reportaban. La persona pensaba que había caído peor de lo que realmente había caído. Y esto ocurría también en interacciones de pocos minutos.
Un ejemplo ilustrativo de uno de esos experimentos: pares de desconocidos conversaban brevemente y luego evaluaban tanto su propia impresión (“¿cuánto creo que le agrado a esta persona?”) como la impresión recibida (“¿cuánto me agradó esta persona?”). Al comparar ambas medidas, la percepción de agrado que uno creía haber generado se quedaba sistemáticamente por debajo del agrado real reportado por el interlocutor.
Es importante señalar que, según las notas de esta investigación, no se incluyen cifras específicas como tamaños de efecto o medias porque no se verificaron en fuentes accesibles durante la recopilación. Quien quiera datos cuantitativos concretos debería consultar el artículo original, enlazado más abajo.
¿El liking gap es real? Aclaraciones y conceptos erróneos
Alrededor de este fenómeno circulan varios malentendidos que conviene despejar.
No significa que los demás mientan. La brecha se refiere a una diferencia entre la percepción que tenemos de nosotros mismos y el agrado que los demás reportan. No implica necesariamente que el otro oculte una opinión negativa o que su amabilidad sea fingida. Se trata de que nosotros somos malos estimando lo que ha pasado por su cabeza, no de que ellos finjan.
No es exclusivo de personas con baja autoestima. El estudio original encontró la brecha en muestras generales de participantes, no exclusivamente en personas con baja autoestima. Aunque se necesita más investigación para entender qué factores moderan su intensidad, lo cierto es que aparece en población general.
No es una moda divulgativa sin respaldo. El concepto proviene de un artículo revisado por pares publicado en 2018 en Psychological Science. Medios como Harvard Business Review y BBC Worklife han divulgado el concepto, pero conviene distinguir entre esa divulgación y la fuente académica primaria.
Consecuencias sociales: por qué puede importar en tu día a día
Si después de una conversación crees que no caíste bien, es posible que actúes en consecuencia. Puede que evites volver a contactar con esa persona, que no propongas un segundo encuentro o que interpretes cualquier señal ambigua como confirmación de tu supuesta mala impresión. Esta dinámica puede tener consecuencias en la disposición a interactuar de nuevo y en la confianza en contextos sociales.
Es aquí donde algunas aplicaciones resultan tentadoras, aunque conviene ser prudente. Se ha hablado mucho de cómo el liking gap podría afectar al networking, al entorno laboral o a las citas. Sin embargo, la investigación original no se centró específicamente en esos contextos. Las extrapolaciones a trabajo, redes profesionales o encuentros románticos son interpretaciones plausibles, no conclusiones probadas por el estudio. Se necesitan más investigaciones para saber hasta qué punto la brecha se comporta igual en cada uno de esos escenarios.
Qué puedes hacer con esta información (sin sobreinterpretar la evidencia)
Dado que el estudio propone que la brecha nace de una asimetría de información, algunas ideas prácticas se derivan de esa lógica. No son técnicas validadas por la investigación, sino aplicaciones razonables del mecanismo que se describe:
- Recuerda que no tienes acceso a lo que el otro piensa. Tus dudas internas no son una ventana a su mente; solo son tu parte de la conversación.
- No confundas tus inseguridades con la opinión real del interlocutor. Que tú te hayas sentido torpe no significa que el otro te haya percibido así.
- Da oportunidades a nuevas interacciones. Si la brecha existe, retirarte tras una primera conversación puede hacerte perder conexiones que en realidad fueron bien.
De nuevo: esto son lecturas prácticas de la explicación propuesta, no intervenciones clínicas validadas por el estudio original. Si el tema te interesa, siempre puedes acudir a la fuente original para conocer los detalles metodológicos.
Conclusión: probablemente caíste mejor de lo que crees
El liking gap es una tendencia documentada en conversaciones entre desconocidos: subestimamos cuánto agradamos a quienes tenemos delante. El término lo acuñaron Boothby, Cooney, Sandstrom y Clark en 2018, y su explicación principal apunta a la asimetría de información sobre nosotros mismos. Vemos nuestras dudas, pero no los pensamientos positivos que generamos en los demás.
Quedan preguntas abiertas sobre qué factores moderan esta brecha y cómo se traslada a contextos concretos como el trabajo o las citas. Mientras tanto, una idea simple puede quedarse contigo la próxima vez que revises mentalmente una conversación: la imagen que tienes de ti mismo en ese momento probablemente sea más dura que la que el otro se llevó.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el liking gap?
Es la tendencia a subestimar cuánto les agradamos a los demás después de una conversación. El término proviene de un artículo de Boothby, Cooney, Sandstrom y Clark publicado en 2018 en Psychological Science.
¿Por qué subestimamos cuánto les agradamos a los demás?
Los autores proponen que la brecha se debe en parte a que tenemos acceso a nuestras propias dudas e inseguridades, pero no a los pensamientos positivos que los demás tienen sobre nosotros. Es una propuesta explicativa, no una causa demostrada de forma definitiva.
¿El liking gap es real?
Se documentó en un artículo revisado por pares de 2018 publicado en Psychological Science, con experimentos entre desconocidos. La investigación sostiene que la brecha aparece de forma consistente en esos contextos, sin que eso permita afirmar más allá de lo que los datos apoyan.
¿El liking gap significa que los demás mienten cuando son amables?
No. Se refiere a una diferencia entre la percepción propia y el agrado reportado por el otro; no implica necesariamente que oculten una opinión negativa.
¿El liking gap solo afecta a personas con baja autoestima?
El estudio original encontró la brecha en muestras generales de participantes, no exclusivamente en personas con baja autoestima. Aun así, se necesita más investigación para entender qué factores moderan el fenómeno.
¿Cómo afecta el liking gap al networking o al trabajo?
La investigación original no se centró específicamente en esos contextos. Los divulgadores y algunas interpretaciones de los hallazgos sugieren posibles implicaciones, pero deben presentarse como posibilidades, no como conclusiones probadas.




